Y por fin, llegó GIVENCHY





Y como agua de mayo, llegó la exposición de Hubert de Givenchy a Madrid, porque desde Gaultier o YSL no nos veíamos en similar despliegue de medios en la capital hace mucho.

De modo, que hoy tras la inauguración de copete, (a la que evidentemente no fui invitada, básicamente porque ni soy famosa, ni tengo 40.000 seguidores), he pagado mis 11€ de entrada, he traspasado el umbral con el nombre del último rey vivo de una época dorada en la alta costura y pionero del prêt-à-porter de lujo.

       

 Y como está vivito coleando, Hubert de Givenchy, acudió a la cita de la mano de Tita Cervera, que para eso la muestra es en su museo, y no es que fueran solitos, no, acudieron famosos, famosetes y casposos, así como blogueras, estas, para lucir palmito y susurrar la pereza que da ir de evento en evento, con objeto de provocar la envidia insana de otras pobres que leen sus RRSS,-ese episodio me recuerda a una de mis 40 exjefas: misspereza, que solo se quejaba de sus eventazos porque las que oíamos no podíamos asistir a estos-, pero esto es otro asunto, o no.



En fin, la exposición acoge casi un centenar de las mejores creaciones del modisto francés, que dialogan (por decir algo), directamente con una selección de obras pictóricas del Thyssen-Bornemisza. Y lo cierto es, que rara vez guardan relación, se han metido con calzador, supongo que había que relacionar el museo con el diseñador de una formar más que evidente, bajo mi punto de vista, desacertada.



A nivel museográfico, no han sacado los pies del tiesto. Un montaje bastante sencillo, en un tono neutro, monótono, donde existe un único recorrido, por lo que se crean aglomeraciones incómodas ante las piezas.











Nada que no pueda perdonar un paseo entre los elegantes diseños de Givenchy, desde la apertura de su maison en París hasta su retirada en 1995. Un recorrido que comienza con una de sus creaciones más originales, la blusa Bettina, seguida por encargos para sus clientas más conocidas; Carmen Martínez Bordiú, Jackie Kennedy, Wallis Simpson (el vestido abotonado para funeral de su marido), limones bordados para Carolina de Mónaco, terciopelo negro para la marquesa de Llanzol y cómo no, ahí está coronando la sala estelar la pieza más icónica de su amiga Audrey Hepburn.

 

Con Audrey caminó de la mano hacia la fama al otro del charco, la actriz hizo incluir en más de uno de sus contratos para importantes películas, una cláusula en la que se especificaba que solo la vestiría su amigo Hubert, y acaso, ¿alguien no recuerda el vestido que llevaba en “Desayuno con diamantes”? Pues debe ser que no, por el pelotón congregado con móviles en alto para admirar el vestido de satén negro de 1961, aún más de cerca, algo solo similar al pelotón que se concentra frente a la Gioconda en el Louvre.



Seguimos caminando para toparnos con los puntos álgidos de Givenchy; los trajes de novia: rosa, con tocados o flores, sin miedo a romper con lo clásico pero sin dejar atrás la elegancia. Y como no, los vestidos de noche, el negro, el Little black dress resumen, que aúna la herencia de Balenciaga con el legado que Givenchy deja a muchos, aunque trabajar el “negro” con maestría, es asunto de muy pocos.


Y es que ya lo dijo una de sus mejores amigas:
 “No es un diseñador; es un creador de personalidad”.





Solo puedo añadir, que vayas a visitarla si puedes, que contemples estas maravillas de cerca y sueñes.
 

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